Edadismo
Edadismo
El término edadismo (del inglés ageism) hace referencia a la discriminación que se produce en base a la edad de la persona (sea cual sea ésta).
Vivimos en una sociedad que valora de modo especial la juventud, la novedad y la eficiencia. En ese contexto, superar una determinada edad (o incluso estar en edades consideradas «jóvenes» pero no ideales) puede generar actitudes, estereotipos y barreras que afectan a las personas simplemente por su edad. Este fenómeno se conoce como edadismo. Analizar qué es, cómo se manifiesta, qué consecuencias acarrea y qué se puede hacer para mitigarlo, es el objetivo de este artículo.
¿Qué es el edadismo?
El edadismo se refiere no sólo a la existencia de prejuicios o estereotipos hacia personas de determinada edad, sino también a comportamientos, prácticas sociales e institucionales que limitan la participación o el valor social de las personas en función de su edad.
Por ejemplo, cuando se presupone que una persona mayor “ya está para el retiro” o que no puede aprender algo nuevo, o —menos citado, pero existente— cuando se considera que los jóvenes “no tienen experiencia” y por ello no se les puede dar responsabilidad.
¿Dónde y cómo se manifiesta?
El edadismo puede manifestarse en diversos ámbitos de la vida:
- En lo laboral: negando oportunidades, ascensos o formación a personas por su edad (ya sea por considerarse “demasiado mayores” o “demasiado jóvenes”).
- En la atención sanitaria: asumiendo que el envejecimiento implica inevitablemente dependencia y/o enfermedad, dando por supuestas determinadas patologías a las que no se prestan atención añadiendo la coletilla de “eso es propio de la edad”, con lo que selimitan las expectativas de autonomía y de intervención sobre esos problemas.
- En lo social e interpersonal: utilizando un lenguaje poco respetuoso (“viejo”, “anciano”, “ya no estás para esto”, “no puedes”, etc.…), invisibilizando a las personas por el hecho de ser mayores (o muy jóvenes), y presuponiendo que tienen menos capacidades y funcionalidad.
- En lo individual (edadismo internalizado): cuando la propia persona llega a asumir los mensajes negativos sobre su edad, lo cual le lleva a perder autoestima y a limitar sus aspiraciones.
Aunque durante mucho tiempo no se ha contemplado este fenómeno como algo problemático, lo cierto es que el edadismo no es un problema marginal, ya que tiene implicaciones directas sobre el bienestar psicológico, la salud y la participación social de las personas.
Por ejemplo:
- Da lugar a la restricción de oportunidades vitales: menos empleo, menos participación y reconocimiento social.
- La autoestima, autoeficacia y bienestar subjetivo se ven afectados. Hay estudios que muestran cómo los estereotipos negativos sobre la vejez pueden derivar en ansiedad, depresión, o aislamiento social
- Dificulta la vivencia de un envejecimiento saludable, ya que cuando las personas son tratadas como “menos capaces” o “menos valiosas” por su edad, se afecta su actitud frente al cambio, su motivación y sus recursos personales.
- También da lugar a la invisibilización y, en el caso de las mujeres, una doble discriminación al converger edadismo y sexismo que agrava la desigualdad.
En épocas antiguas, la sociedad respetaba sobremanera el conocimiento y sabiduría de los mayores. Se consideraba que eran quienes transmitían los conocimientos culturales, y sus opiniones y criterios eran tenidos en cuenta. Por ser garantes de esa sabiduría, eran cuidados y respetados por toda la sociedad. Pero cuando las formas de transmisión de esos conocimientos pasaron a otros vectores sociales la importancia de este grupo de población se rebajó y apareció un trato discriminatorio ajeno a la idea de que la edad es algo inevitable y que por tanto todos sufriremos esa discriminación. Estereotipos culturales sobre lo positivo de la juventud ( productividad, rendimiento físico o cognitivo constante), hacen que la vejez sea denostada y por ello, en cierto modo, “apresurada” o “temida”.
Por otro lado, las instituciones, mercados y políticas no siempre adaptan sus prácticas a la diversidad de edades: por ejemplo, expectativas de jubilación, acceso a formación, lenguaje en campañas, etc. Y ello provoca falta de conciencia y de visibilidad del problema, encontrándonos con muchas personas que no reconocen el edadismo como discriminación o no lo identifican cuando lo sufren o lo ejercen.
¿Qué hacer para contrarrestarlo?
Como en otros ámbitos de la práctica psicológica y social, la prevención y la intervención van de la mano.
A nivel institucional y/u organizativo, sería útil revisar las políticas de formación, empleo y desarrollo profesional para que incluyan diversidad de edades.
Del mismo modo, adaptar los mensajes mediáticos, educativos y de salud para que representen de forma realista la edad y las capacidades asociadas, visibilizando el envejecimiento activo, desmontaría la idea de “viejo = dependiente”.
Las instituciones y organizaciones deberían fomentar entornos intergeneracionales (asociaciones, voluntariados, intercambio de conocimientos…) para favorecer la convivencia e interacción entre edades, lo cual es enriquecedor por cuanto facilita el cuestionamiento de estereotipos mutuos y la construcción de un respeto recíproco.
Por otro lado, la existencia de campañas de sensibilización sobre la discriminación por edad ayudaría a una mayor concienciación sobre este problema que, además, es universal puesto que todos estamos abocados a pasar por esa etapa.
A nivel individual también ha de contrarrestarse el edadismo:
Siendo consciente de nuestros propios estereotipos de edad: a veces la propia persona mayor hace suyo el mensaje social y se considera incapaz y poco valiosa.
Fomentando la autoaceptación del ciclo vital: hay que comprender que cada etapa tiene sus ventajas, oportunidades y desafíos, y que la edad no define automáticamente capacidad o valor (hay personas de 70 años con capacidad para emprender negocios y sin embargo jóvenes de 30 no tienen motivación ni valentía para hacerlo, por ej.)
Y promoviendo la participación, animando a las personas de diversas edades a involucrarse, formarse, cambiar roles, reinventarse.
Conclusión
El edadismo es una forma de discriminación sutil pero influyente, que afecta tanto a personas mayores como a jóvenes, aunque se suele asociar más al primer grupo. Reconocerlo es el primer paso para cambiarlo. Desde la psicología, podemos contribuir a visibilizar cómo la edad funciona como categoría que limita, pero también a promover una cultura que valore todas las edades, las capacidades cambiantes a lo largo de la vida y la riqueza del tejido intergeneracional. En última instancia, se trata de fomentar una sociedad más justa, con espacios para todas las edades, y con personas que envejecen no como “problemas” o “cargas”, sino como ciudadanos activos con derechos, saberes y aportaciones.
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