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Autor: MSG Psicología

El duelo: fases, cómo superarlo y afrontar la pérdida (guía completa)

Atravesar un duelo es difícil y no tienes que hacerlo en soledad. Si necesitas acompañamiento profesional, conoce nuestra psicología para adultos en Valladolid.

Las fases del duelo y cómo superarlo

El duelo es un proceso en el que pasamos por distintas fases que no siempre aparecen de forma ordenada y que pueden solaparse entre ellas. Conocer cuales son ayudará a entender lo que le pasa a alguien que está pasando por un duelo y en consecuencia, a ayudarle de forma más adecuada.

Es un proceso natural por el que pasamos todos en un momento u otro de nuestra vida, por lo tanto, estamos preparados para superarlo. Pero no siempre resulta sencillo y puede ocurrir que el proceso se complique y el sufrimiento y coste emocional sea más intenso y/o más prolongado de lo habitual. En este caso, recuerda que no estás solo y que hay profesionales que pueden ayudarte a transitar de forma más adecuada por tu duelo; porque aunque el tiempo ayuda a cicatrizar las heridas no siempre es suficiente para curarlas.

Cuáles son las fases del duelo

Las fases del duelo son una serie de etapas emocionales por las que pasa una persona tras una pérdida. Esta puede ser la pérdida de un ser querido, un divorcio, un trabajo o un cambio importante en su vida. 

Si bien es cierto que no todas las personas experimentan todas las fases y el orden puede variar. En cualquier caso, desde la Psicología se han identificado 5 fases (Modelo de Kubler-Ross):

  • Negación: la primera fase es la de la negación. Sucede cuando la persona que recibe la trágica noticia se niega a aceptar la realidad y puede sentir shock o incredulidad. Por ejemplo, no reaccionar ante el fallecimiento de un ser querido o no querer aceptar que la pareja ha pedido el divorcio.
  • Ira: la siguiente reacción natural de las personas, es la de la ira. Se traduce en forma de rabia, culpa, frustración, enfado, etc. En esta etapa del duelo también se tiende a culpar a otra persona (incluso al fallecido: “no ha luchado lo suficiente y me ha dejado solo…”). 
  • Negociación: esta fase del duelo no la experimentan todas las personas, pero puede suceder. En ella, la persona intenta negociar con Dios, el Destino u otra entidad para que la pérdida no se produzca (“si se cura, dejaré de fumar…”). 
  • Depresión: es la  fase más conocida y evidente del duelo. Es completamente normal sentir pena, tristeza, soledad… El problema es que puede desencadenar en una depresión de mayor o menor gravedad según el caso y la persona. Por eso es importante hablarlo y tratar de salir, si no se puede solo o con la ayuda del entorno, con ayuda profesional. 
  • Aceptación: el duelo empieza a darse por cerrado con esta etapa. La realidad es tozuda y no queda más remedio que aceptarla y seguir viviendo. La persona afectada encuentra la forma de seguir adelante y comenzar a reconstruir su vida sin la persona que falleció (o que perdió de otra forma). 

¿Cómo superarlo?

Es importante ser consciente de nuestras reacciones emocionales. Aceptarlas y entenderlas; y a ser posible, compartirlas. El apoyo del entorno es fundamental pero no siempre está disponible y/o preparado para ayudar adecuadamente. Por eso, recurrir a ayuda profesional es la mejor opción para afrontar lo ocurrido y superarlo de forma óptima de modo que no se convierta en un duelo enquistado que arrastremos a lo largo de nuestra vida. El psicólogo tiene los conocimientos y herramientas necesarias para acompañarte en el proceso de duelo manejando adecuadamente cada etapa en que te encuentres. Podrás expresar tus emociones y sentirte entendido alejando el sentimiento de soledad que nos acompaña cuando pensamos que nadie es capaz de comprender lo que nos pasa.

Aunque es un proceso natural, por distintas circunstancias, no todas las personas consiguen superar el duelo por sí mismas. Pero perpetuar el dolor no es la mejor opción ni para tí ni para quienes te quieren y te necesitan. 

¿Te ha quedado alguna duda? Recuerda que hablarlo siempre ayuda.

Aceptar la pérdida

“Uno no es adulto verdaderamente, hasta que pierde a sus padres. De eso me di cuenta el día en que murió mi madre…Cuando fue mi padre quien se fue, yo ya hacía tiempo que me había dado cuenta de lo vulnerables que somos y de que a partir de ese momento la que marchaba al frente era yo…” Son palabras de una mujer que ha acudido recientemente a consulta en fase de duelo: aceptar la pérdida.

Se encuentra mal, aunque no sabe determinar muy bien qué le pasa. No tiene ganas de nada, todo le parece que carece de sentido y de interés y se encuentra cansada. De hecho el cansancio fue el que le llevo al médico de cabecera quien después de la pertinente analítica que descartó problemas físicos, la recomendó buscar la ayuda de un Psicólogo.

En la primera entrevista pasamos de un “no se que me está pasando”, al párrafo que abre éste artículo.

Después de la evaluación apareció claramente que lo que la estaba ocurriendo es que estaba sufriendo un duelo complicado que requería intervención y asesoramiento psicológico profesional del duelo y aceptar la pérdida.

Duelo: aceptar la pérdida de un ser querido

Todos a lo largo de nuestras vidas sufrimos pérdidas. Perdemos trabajos, rompemos con la pareja, olvidamos a los amigos, o nos olvidan. Todas estas cosas constituyen pérdidas que hemos de afrontar. La diferencia es que la mayoría de estas cosas a las que decimos adiós, no desaparecen, siguen de una u otra manera ahí y siempre nos queda la sensación de que podremos volver atrás y modificar algo si lo necesitamos. La muerte no nos deja esa opción. Con la muerte se da carpetazo a la relación establecida que en su epílogo solo muestra lo que ha sido, no lo que hubiéramos querido que fuera o lo que hubiera podido ser.

El duelo es el proceso por el cual una persona afronta la pérdida. Para ello, tendrá que poner en marcha todas las herramientas que posea,

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Resolución de conflictos: emociones, técnicas y barreras (guía completa)

Aprender a resolver conflictos mejora todas tus relaciones. Si quieres trabajarlo con apoyo profesional, conoce nuestra psicología para adultos en Valladolid.

Conflictos y desacuerdos

Autor: Montserrat Sanz García

Las relaciones interpersonales son fuente en muchas ocasiones de conflictos más o menos graves, más o menos irresolubles, que debemos aceptar como algo normal y que nos brindan, si esa es nuestra actitud, la oportunidad de aprender de ellos.

En todas las relaciones, hasta en las más placenteras y amistosas surgen ocasionalmente los choques. Hay un conflicto interpersonal cuando alguien encuentra en el comportamiento de los demás un obstáculo que se interpone para el logro de los propios objetivos. Es normal que en la medida en que las personas tenemos historias personales diferentes y, por lo tanto, deseos, opiniones y necesidades diferentes, haya comportamientos diferentes y por tanto choques, debates y colisión de intereses. En esas situaciones hacemos valer nuestras necesidades e intereses del mismo modo que las otras personas hacen valer los suyos y de ahí parten los conflictos. La fuerza de esos intereses es la que determina la intensidad del conflicto y que las distintas posiciones sean conciliables o no.Desacuerdos durante un conflicto

¿Cómo nacen los conflictos entre personas?

  • Por la subjetividad de la percepción. Las personas captamos las situaciones de una forma muy diferente y ello determina nuestras posiciones e intereses. Aunque pretendamos ser objetivos y nos esforcemos en ello

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La autoestima: qué es, su importancia y cómo fortalecerla (guía completa)

Trabajar la autoestima es posible y cambia la forma de relacionarte contigo y con los demás. Si quieres hacerlo acompañada por un profesional, conoce nuestra psicología para adultos en Valladolid.

El autoconocimiento, base de la autoestima

El desarrollo personal no es posible sin una adecuada autoestima y ésta no puede existir sin el autoconocimiento de la persona.
 

¿Qué es el autoconocimiento?

Es el proceso reflexivo (y su resultado) por el cual la persona adquiere noción de su yo y de sus propias cualidades y características. Como todo proceso, puede ser desglosado en diversas fases: autopercepción, autoobservación, memoria autobiográfica, valoración y autoaceptación.

Mediante la autopercepción somos conscientes de nosotros mismos a través de nuestros sentidos, y la información que nuestros sentidos nos ofrecen de nosotros mismos y de lo que nos rodea debe ser interpretada y analizada (autoobservación), y guardada en nuestra memoria para momentos futuros (memoria autobiográfica).

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Cómo mejorar la comunicación: tipos, escucha activa y asertividad (guía completa)

Una buena comunicación es la base de las relaciones sanas. Si quieres trabajarla con ayuda profesional, conoce nuestra psicología para adultos en Valladolid.

Los elementos de la comunicación

Las relaciones interpersonales son fuente a la vez de gratificación y de conflictos. Nos dan lo mejor y lo peor en nuestras vidas. Por ello conocer como podemos manejar nuestras relaciones con los demás a fin de que estas sean lo más satisfactorias posibles, nos posibilita mejorar uno de los aspectos que más gratificaciones nos da a lo largo de nuestra vida, y es de lo que vamos a tratar a lo largo de los siguientes artículos.

Una de las primeras cosas que debemos conocer y analizar, es el de los procesos de la comunicación. Los seres humanos como especie social y gregaria que somos, nos comunicamos. Y conocer cuales son los elementos de esta comunicación y donde puede encontrarse la fuente de muchos de los errores comunicativos que llevan a empeorar las relaciones entre las personas nos ayudará a enmendar y/o al menos entender algunos de los conflictos que se presentan.

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Cómo es una terapia de pareja: fases, proceso y técnicas (guía completa)

Esta es una guía completa sobre cómo funciona la terapia de pareja, paso a paso. Si estáis pasando por un momento difícil y queréis ayuda profesional, podéis conocer nuestra terapia de pareja en Valladolid.

Conceptos básicos de la terapia de pareja

Como ya vimos en un artículo anterior el proceso terapéutico cuando se trata de abordar problemas en la relación de pareja, comienza por lo que llamaríamos una fase conceptual. En ella, se explican los conceptos fundamentales sobre los que se asienta la terapia y el modelo teórico que la sustenta y que marcará los distintos pasos a seguir.

Si anteriormente describíamos el «amor» como el intercambio complejo de conductas gratificantes en sus dimensiones motora, cognitiva y emocional; es lógico concluir que la situación de conflicto en la pareja se conciba como un proceso de intercambios de conducta inadecuados que se dan entre los dos componentes de la misma. Esta conceptualización lejos de ser algo simplista y/o determinista, pretende todo lo contrario, esto es, dotar de poder a los miembros de la pareja para intervenir en la relación de una forma efectiva que la mejore.

Se hace hincapié en que la relación es algo vivo, evolutivo y modificable a través  de los cambios que cada uno de los componentes de la pareja introduzca voluntariamente en sus comportamientos. Es por ello que es tan importante que ambos se impliquen activamente en las tareas y esfuerzos que la terapia va a conllevar y que adquieran una concepción operativa del amor y de sus intercambios afectivos. Solo cuando estamos convencidos de que podemos cambiar las cosas, lo hacemos; de lo contrario… ¿para que molestarnos?.

Es tarea del Psicólogo  implicar a los dos miembros de la pareja en el proceso terapéutico haciéndoles ver cuales son los mecanismos que explican la aparición, mantenimiento y/o extinción en su caso de los comportamientos ; cómo en base a ello, ambos son corresponsables de la conducta del otro y la importancia que tiene su participación activa en la terapia. Además es importante que entiendan bien los mecanismos de aprendizaje para que se sientan motivados a trabajar en ellos y les sirvan como herramientas para poder solucionar los conflictos presentes y los que pudieran surgir en un futuro.

Algunos de los conceptos que se integran en ésta fase explicativa son:

  • Principio del refuerzo positivo: Para conseguir que la frecuencia de una conducta se incremente o intensifique hay que responder de forma gratificante

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Intergeneracional

Edadismo

El término edadismo (del inglés ageism) hace referencia a la discriminación que se produce en base a la edad de la persona (sea cual sea ésta).

Vivimos en una sociedad que valora de modo especial la juventud, la novedad y la eficiencia. En ese contexto, superar una determinada edad (o incluso estar en edades consideradas «jóvenes» pero no ideales) puede generar actitudes, estereotipos y barreras que afectan a las personas simplemente por su edad.  Este fenómeno se conoce como edadismo. Analizar qué es, cómo se manifiesta, qué consecuencias acarrea y qué se puede hacer para mitigarlo, es el objetivo de este artículo.

¿Qué es el edadismo?

El edadismo se refiere no sólo a la existencia de prejuicios o estereotipos hacia personas de determinada edad, sino también a comportamientos, prácticas sociales e institucionales que limitan la participación o el valor social de las personas en función de su edad.  
Por ejemplo, cuando se presupone que una persona mayor “ya está para el retiro” o que no puede aprender algo nuevo, o —menos citado, pero existente— cuando se considera que los jóvenes “no tienen experiencia” y por ello no se les puede dar responsabilidad.

¿Dónde y cómo se manifiesta?

El edadismo puede manifestarse en diversos ámbitos de la vida:

  • En lo laboral: negando oportunidades, ascensos o formación a personas por su edad (ya sea por considerarse “demasiado mayores” o “demasiado jóvenes”).  
  • En la atención sanitaria: asumiendo que el envejecimiento implica inevitablemente dependencia y/o enfermedad, dando por supuestas determinadas patologías a las que no se prestan atención añadiendo la coletilla de “eso es propio de la edad”, con lo que selimitan las expectativas de autonomía y de intervención sobre esos problemas.  
  • En lo social e interpersonal: utilizando un lenguaje poco respetuoso (“viejo”, “anciano”, “ya no estás para esto”, “no puedes”, etc.…), invisibilizando a las personas por el hecho de ser mayores (o muy jóvenes), y presuponiendo que tienen menos capacidades y funcionalidad.  
  • En lo individual (edadismo internalizado): cuando la propia persona llega a asumir los mensajes negativos sobre su edad, lo cual le lleva a perder autoestima y a limitar sus aspiraciones. 

Aunque durante mucho tiempo no se ha contemplado este fenómeno como algo problemático, lo cierto es que el edadismo no es un problema marginal, ya que tiene implicaciones directas sobre el bienestar psicológico, la salud y la participación social de las personas.

Por ejemplo:

  • Da lugar a la restricción de oportunidades vitales: menos empleo, menos participación y reconocimiento social.  
  • La autoestima, autoeficacia y bienestar subjetivo se ven afectados. Hay estudios que muestran cómo los estereotipos negativos sobre la vejez pueden derivar en ansiedad, depresión, o aislamiento social
  • Dificulta la vivencia de un envejecimiento saludable, ya que cuando las personas son tratadas como “menos capaces” o “menos valiosas” por su edad, se afecta su actitud frente al cambio, su motivación y sus recursos personales.  
  • También da lugar a la invisibilización y, en el caso de las mujeres, una doble discriminación al converger edadismo y sexismo que agrava la desigualdad.

En épocas antiguas, la sociedad respetaba sobremanera el conocimiento y sabiduría de los mayores. Se consideraba que eran quienes transmitían los conocimientos culturales, y sus opiniones y criterios eran tenidos en cuenta. Por ser garantes de esa sabiduría, eran cuidados y respetados por toda la sociedad. Pero cuando las formas de transmisión de esos conocimientos pasaron a otros vectores sociales la importancia de este grupo de población se rebajó y apareció un trato discriminatorio ajeno a la idea de que la edad es algo inevitable y que por tanto todos sufriremos esa discriminación. Estereotipos culturales sobre lo positivo de la juventud ( productividad, rendimiento físico o cognitivo constante), hacen que la vejez sea denostada y por ello, en cierto modo, “apresurada” o “temida”.

Por otro lado, las instituciones, mercados y políticas no siempre adaptan sus prácticas a la diversidad de edades: por ejemplo, expectativas de jubilación, acceso a formación, lenguaje en campañas, etc. Y ello provoca falta de conciencia y de visibilidad del problema, encontrándonos con muchas personas que no reconocen el edadismo como discriminación o no lo identifican cuando lo sufren o lo ejercen.

¿Qué hacer para contrarrestarlo?

Como en otros ámbitos de la práctica psicológica y social, la prevención y la intervención van de la mano. 

A nivel institucional y/u organizativo, sería útil revisar las políticas de formación, empleo y desarrollo profesional para que incluyan diversidad de edades. 

Del mismo modo, adaptar los mensajes mediáticos, educativos y de salud para que representen de forma realista la edad y las capacidades asociadas, visibilizando el envejecimiento activo, desmontaría la idea de “viejo = dependiente”.

Las instituciones y organizaciones deberían fomentar entornos intergeneracionales (asociaciones, voluntariados, intercambio de conocimientos…) para favorecer la convivencia e interacción entre edades, lo cual es enriquecedor por cuanto facilita el cuestionamiento de estereotipos mutuos y la construcción de un respeto recíproco.

Por otro lado, la existencia de campañas de sensibilización sobre la discriminación por edad ayudaría a una mayor concienciación sobre este problema que, además, es universal puesto que todos estamos abocados a pasar por esa etapa. 

A nivel individual también ha de contrarrestarse el edadismo:

Siendo consciente de nuestros propios estereotipos de edad: a veces la propia persona mayor hace suyo el mensaje social y se considera incapaz y poco valiosa.

Fomentando la autoaceptación del ciclo vital: hay que comprender que cada etapa tiene sus ventajas, oportunidades y desafíos, y que la edad no define automáticamente capacidad o valor (hay personas de 70 años con capacidad para emprender negocios y sin embargo jóvenes de 30 no tienen motivación ni valentía para hacerlo, por ej.)

Y promoviendo la participación, animando a las personas de diversas edades a involucrarse, formarse, cambiar roles, reinventarse.

Conclusión

El edadismo es una forma de discriminación sutil pero influyente, que afecta tanto a personas mayores como a jóvenes, aunque se suele asociar más al primer grupo. Reconocerlo es el primer paso para cambiarlo. Desde la psicología, podemos contribuir a visibilizar cómo la edad funciona como categoría que limita, pero también a promover una cultura que valore todas las edades, las capacidades cambiantes a lo largo de la vida y la riqueza del tejido intergeneracional. En última instancia, se trata de fomentar una sociedad más justa, con espacios para todas las edades, y con personas que envejecen no como “problemas” o “cargas”, sino como ciudadanos activos con derechos, saberes y aportaciones.

Sin vivienda, sin proyectos

¿Sin casa dónde anida el proyecto vital?

Hace algún tiempo ya escribí un artículo para éste blog en el que se trataba el problema de la vivienda, o más bien la falta de acceso a ella, y su influencia en el bienestar emocional y la salud mental. Evidentemente, no poder contar con un derecho básico para cualquier ser humano, como es el tener un espacio propio de seguridad al que podamos llamar hogar, tiene más consecuencias de las que en principio se nos podría ocurrir. Y afecta quizá de forma un poco más especial a las mujeres porque compromete sus proyectos de maternidad.

De todo esto he hablado junto a otros especialistas en un artículo que ha aparecido en la revista Cosmopolitan, al que podéis acceder pinchando en el siguiente enlace: https://www.cosmopolitan.com/es/consejos-planes/familia-amigos/a68869662/vivienda-falta-casas-alquiler-compra-salud-mental/

Espero que os resulte interesante.

Incendio en las Médulas

Impacto psicológico de los incendios en Castilla y León: cómo afectan y cómo afrontarlo

El ser humano en su sublime soberbia es incapaz de calcular el poder de los fenómenos de la naturaleza. Nos creemos dueños del mundo y controladores de cada uno de los fenómenos que ocurren en él y no nos damos cuenta de lo ridícula que resulta esa idea cuando la naturaleza decide darnos “lecciones” de humildad que no acabamos de aprender.

Ocurrió hace 10 meses en la catástrofe que supuso la DANA en el levante español, y vuelve a ocurrir ante los innumerables y devastadores incendios que se vienen produciendo desde el principio del verano. 

Perder la casa donde se atesoran objetos que costó mucho conseguir, recuerdos, seguridad y estabilidad es un hecho dramático y traumático que va a requerir atención psicológica. Y ya no digamos si se pierde a un ser querido envuelto entre las llamas.

Para muchas de las personas afectadas ver como su entorno se convierte en cenizas y aquellos árboles que los protegían del sol, en el que grabaron sus nombres o les proveían de frutos desaparecen calcinados, es como calcinar sus recuerdos.

Después de estas consideraciones, sería pueril pensar que una vez pasado el incendio las personas recuperan su vida normal como si nada hubiera ocurrido. 


Cómo afectan los incendios forestales a nivel psicológico

Vivir un incendio, presenciarlo o estar cerca de él puede desencadenar diferentes reacciones emocionales y mentales. Entre las más comunes encontramos:

1. Estrés y trauma emocional

Vivir un incendio o verse obligado a evacuar fuera de nuestros hogares e incluso de nuestras localidades y pueblos puede generar un estrés agudo e incluso trastorno de estrés postraumático (TEPT). La sintomatología que aparece con más frecuencia es:

  • Presencia de recuerdos intrusivos o pesadillas.
  • Nerviosismo e hipervigilancia constante.
  • Aparición de problemas de sueño y concentración.
  • Sensación de inseguridad permanente.

2. Ansiedad anticipatoria

Después de un incendio, es habitual sentir miedo a que vuelva a ocurrir, sobre todo en épocas de alto riesgo. La exposición continua a imágenes y noticias sobre el fuego puede incrementar la ansiedad por catástrofes naturales.

3. Duelo por las pérdidas

Como decíamos antes en un incendio no solo se pierden bienes materiales: se destruyen paisajes, recuerdos y lugares con gran valor sentimental. Este duelo medioambiental afecta tanto a víctimas directas como a personas que, aun sin haber perdido propiedades, sienten un vínculo especial con la naturaleza devastada.

El duelo es aún más intenso cuando implica la pérdida de seres queridos.

4. Impacto en la comunidad

Los incendios pueden desestructurar comunidades enteras, forzar desplazamientos y provocar aislamiento. Para personas mayores, que suelen estar más apegadas a su entorno, el desarraigo resulta especialmente doloroso.

No obstante, en estos momentos también surge lo mejor del ser humano: solidaridad, apoyo mutuo y resiliencia colectiva.

Estrategias para cuidar la salud mental tras un incendio

Para afrontar el impacto psicológico de los incendios, es fundamental actuar desde los primeros días:

  • Hablar sobre lo vivido con personas de confianza o con un profesional.
  • Limitar la exposición a noticias que generen ansiedad.
  • Mantener rutinas que aporten seguridad.
  • Practicar técnicas de relajación y mindfulness.
  • Participar en actividades comunitarias para reconstruir vínculos.

Cuándo buscar ayuda profesional

Si los síntomas emocionales duran más de unas semanas, interfieren en la vida diaria o se intensifican, es momento de acudir a un especialista.

En MSG Psicología ofrecemos apoyo psicológico para superar el trauma postincendio y recuperar el equilibrio emocional. Nuestro objetivo es ayudarte a reconstruir no solo lo que se perdió, sino también la confianza y la esperanza.


crisis vivienda

La crisis de vivienda y su impacto en la salud mental

En las últimas décadas, el acceso a una vivienda digna se ha convertido en un desafío creciente para muchas personas en todo el mundo. La especulación inmobiliaria, la gentrificación (proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de mayor poder adquisitivo), y la falta de regulación adecuada han generado un aumento en los precios de alquiler y compra, lo que dificulta la estabilidad residencial. Este fenómeno no solo afecta la economía y la calidad de vida, sino que también tiene un impacto profundo en la salud mental de quienes lo padecen.

Estrés crónico y ansiedad

La inestabilidad habitacional está estrechamente relacionada con el estrés crónico. La incertidumbre sobre la posibilidad de perder la vivienda, los desalojos y la imposibilidad de encontrar un lugar asequible generan una preocupación constante que puede derivar en ansiedad generalizada. Quienes viven bajo estas circunstancias suelen experimentar dificultades para relajarse, problemas de sueño y una sensación persistente de inseguridad.

Depresión y desesperanza

Los sentimientos de desesperanza y desamparo también se desencadenan de forma frecuente ante la imposibilidad de acceder a una vivienda estable. La falta de un espacio seguro y propio, sumada a la presión financiera, puede hacer que las personas se sientan atrapadas en una situación sin salida. Hay estudios que han demostrado que quienes enfrentan inseguridad habitacional tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar depresión.

Impacto en la autoestima y el sentido de pertenencia

Hay que tener en cuenta que el “hogar” no solo es un refugio físico, sino también un elemento clave en la construcción de la identidad y la autoestima. La dificultad para acceder a una vivienda digna puede hacer que las personas se sientan fracasadas o incapaces, afectando su autoconcepto. El no poder proporcionar un hogar estable para la familia puede generar sentimientos de culpa y vergüenza, reforzando una percepción negativa de uno mismo. Además, vivir en condiciones precarias o en viviendas temporales puede hacer que las personas se sientan menos valoradas socialmente, afectando su confianza y seguridad personal.

Por otro lado, la constante necesidad de mudarse debido a desalojos o aumentos en los costos de alquiler puede generar una sensación de desarraigo, lo que contribuye a una menor autoestima. La falta de un espacio personal seguro también limita la posibilidad de expresar la propia identidad a través del entorno, algo esencial para el bienestar emocional. Todo esto puede llevar a un círculo vicioso en el que la falta de vivienda estable afecta la autoestima, y una autoestima deteriorada dificulta la toma de decisiones que podrían mejorar la situación habitacional.

Afectaciones en poblaciones vulnerables

Si bien la crisis de vivienda impacta a amplios sectores de la población, existen grupos particularmente vulnerables, como personas con bajos ingresos, familias monoparentales, adultos mayores y jóvenes en situación precaria. Para estos grupos, la falta de vivienda estable puede agravar problemas preexistentes de salud mental y generar dificultades adicionales en su bienestar general.

Posibles soluciones desde la psicología y la política social

Desde el campo de la psicología, mucho sería lo que se podría hacer si los recursos económicos necesarios se destinaran al cuidado de la salud mental de la población. Sería fundamental abordar el impacto emocional de la crisis de vivienda a través de estrategias de afrontamiento y apoyo psicosocial u ofrecer terapia individual y grupal para ayudar a las personas a gestionar el estrés, la ansiedad y la depresión derivadas de la inestabilidad habitacional. Programas de intervención temprana pueden ser clave para prevenir el deterioro de la salud mental en quienes enfrentan estas dificultades.

Además, contar con redes de apoyo comunitarias que refuercen el sentido de pertenencia, ayudarían a mitigar los efectos negativos de la incertidumbre habitacional. Iniciativas como grupos vecinales que sirvan de apoyo, espacios de escucha activa y programas de integración social pueden contribuir a fortalecer la resiliencia de las personas afectadas.

Desde la psicología trabajar en la promoción de habilidades de afrontamiento y adaptación (como la gestión emocional, la resolución de problemas y la toma de decisiones), permite empoderar a las personas para que enfrenten mejor su situación y busquen soluciones eficaces

Sin embargo, la solución no puede depender exclusivamente del individuo. Siendo la proactividad individual necesaria, no lo es menos una intervención a nivel político que garantice el acceso a viviendas asequibles, la regulación del mercado inmobiliario y la protección de los derechos de los inquilinos y propietarios.

En conclusión, la crisis de vivienda es un problema estructural con consecuencias psicológicas profundas (más de lo que creemos). Comprender y visibilizar su impacto en la salud mental es el primer paso para generar cambios que permitan a las personas vivir con dignidad y estabilidad emocional.

Si no puedes, no dudes en pedir ayuda

Si, a pesar de intentarlo y poner todo de tu parte, no lo consigues, no dudes en buscar ayuda de un profesional como un psicólogo o terapeuta familiar para así exponer tu caso.

Nuestra consultas MSG PSICOLOGÍA, psicologa en Valladolid y Laguna de Duero

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