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Etiqueta: psicoterapia

Los trastornos de la conducta alimentaria: cómo identificarlos y qué podemos hacer

Los trastornos de la conducta alimentaria están, desgraciadamente, a la orden del
día. Más aún en tiempo de redes sociales, porque se visibilizan los “cuerpos perfectos”
y son muchas las personas que desarrollan ciertos complejos e inseguridades, que
les lleva a establecer con la comida una relación desajustada.
Pero, ¿cómo saber si se sufre este trastorno?

Trastornos de la conducta alimentaria

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) se caracterizan por una
preocupación extrema por el peso, la forma del cuerpo y la alimentación.

Los trastornos más comunes son la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el
trastorno por atracón
. Pero no siempre resultan sencillos de identificar, dado que
varían en cada persona. ¿Qué señales lo evidencian?

Cambios significativos en los hábitos alimentarios: la persona que desarrolla
algún tipo de trastorno de la conducta alimentaria empieza a saltarse comidas,
comer en secreto, a restringir al máximo las calorías, a comer demasiada
comida en muy poco tiempo, etc. Son señales claras de que algo no marcha
bien, porque no son conductas normales ni adecuadas.
Obsesión con el peso corporal y la apariencia física: otra señal que confirma
este tipo de trastorno tiene que ver con la obsesión que desarrollan por su
peso y su físico. Normalmente, quienes lo sufren se están pesando a menudo,
muestran una preocupación extrema por su apariencia, hacen comentarios
negativos sobre su físico, etc.
Cambios en el estado de ánimo: otra señal a la que es importante prestar
atención, son los cambios en el estado de ánimo de la persona que
posiblemente está afectada con este trastorno. Por ejemplo, irritabilidad,
aislamiento social, depresión, ansiedad, etc.
Presencia de problemas físicos y de salud: uno de los principales problemas
de los trastornos en la alimentación, es que pueden desencadenar otros

problemas de salud graves. Por ejemplo, fatiga, dolor de cabeza, amenorrea,
pérdida de cabello, falta de energía, mareos o problemas gastrointestinales,
entre otros.

¿Qué se puede hacer para superarlo?

Los Trastornos del Comportamiento Alimenticio (TAC) son complicados de resolver
ya que se trata de una “adicción” ante una “sustancia” que se encuentra presente de
forma constante y necesaria en nuestro día a días: la comida. Ante cualquier otra
sustancia se iniciaría la intervención con un alejamiento de ella y del entorno en el
que se pueda encontrar y/o favorecer el consumo; pero esto no es posible cuando se
trata de algo imprescindible para la vida. No podemos prescindir de la alimentación
si queremos sobrevivir, por lo que la intervención ha de dirigirse a establecer una
relación adecuada con la comida, lo cual no es sencillo. No obstante, los TCA tienen
solución y se pueden superar. Lo más importante es ser consciente de que se tiene un
problema y reconocerlo para poder ponerse en manos de un profesional lo antes
posible. Sabemos que es difícil reconocer que se tiene un problema y a veces se entra
en una fase de negación que dificulta la solución del problema, pero como en
cualquier trastorno es mucho más sencillo resolver algo en sus primeras fases que
cuando el trastorno ya se ha instaurado de forma estable. Gracias a la terapia, puedes
no solo identificar el origen del problema, sino combatirlo, para que el trastorno
alimentario deje de formar parte de tu vida y puedas volver a ser tú.

Qué es la dismorfia corporal

La dismorfia corporal o trastorno dismórfico corporal (TDC), es un tipo de afección psicológica que desarrollan las personas que tienen una preocupación excesiva e irracional por su apariencia física; afectando gravemente a su salud. Es un trastorno que afecta a alrededor del 2% de la población general, a hombres y mujeres.

Dismorfia corporal: qué es y cómo saber si se sufre

Las personas que sufren de dismorfia corporal perciben a menudo una serie de defectos imaginarios o leves en su apariencia física. Aunque puede afectar a cualquier parte del cuerpo, normalmente ocurre en la piel, el cabello, la nariz, los dientes, los senos, etc. También afecta al peso o la altura.

Una persona que tiene este trastorno pasa horas al día preocupado por su apariencia. Se mira al espejo y se compara con otras personas, lo pasa francamente mal teniendo inseguridades y problemas de autoestima.

El problema llega en los casos más graves, donde las personas realmente dejan de querer salir de casa, evitan socializar o participar en actividades donde tienen que mostrar el cuerpo. Digamos que, no son capaces de hacerlo, les supera.

¿Por qué se desarrolla este trastorno?

En realidad, no existe una causa como tal. Pero sí se cree que se trata de una combinación de factores biológicos, psicológicos y ambientales. Así como posibles desequilibrios químicos en el cerebro o experiencias traumáticas y presiones sociales fruto de los estándares de belleza actuales. El bombardeo de imágenes con cuerpos perfectos (“perfectamente retocados digitalmente”) lleva a las personas a establecer una continua comparación en la que lógicamente “salen perdiendo” generándoles la idea de imperfección y una autovaloración negativa muy peligrosa.

¿Come se puede corregir?

Ajustar las expectativas de la persona a la realidad haciéndola ver incluso los trucos de que se valen las redes sociales y la publicidad para conseguir esas imágenes perfectas, es uno de los primeros pasos para la autoaceptación.

En los casos más graves, el tratamiento de la dismorfia corporal combina terapia psicológica y farmacológica (para reducir síntomas de ansiedad y depresión muy intensos que pueden dificultar la permeabilidad a la terapia). En general, la terapia cognitivo-conductual (TCC) suele resultar altamente efectiva para ayudar a las personas que sufren este trastorno.

Son muchos los casos que se ven en las consultas con este problema. Generalmente afecta más en la adolescencia y primeros años de la juventud, momentos en los que las inseguridades y dudas están más presentes, pero no es raro que la dismorfia corporal se mantenga en la edad adulta encontrándonos con pacientes asiduos a operaciones de estética en un afán por conseguir su ideal de belleza imposible.

La ayuda profesional en estos casos es imprescindible y ayuda a cambiar la percepción sobre el propio cuerpo, a autoaceptarse, a valorarse y quererse tal como se es.

Tengo ansiedad… ¿Qué puedo hacer?

La ansiedad es una respuesta innata del ser humano que se desencadena cuando una situación se interpreta como amenazante de alguna manera. En ese momento el cerebro ordena al cuerpo que se prepare para actuar: bien sea blandir un tronco como arma (si la amenaza nos provoca ira), o bien salir corriendo (si nos provoca miedo). En cualquier caso se producen una serie de descargas de hormonas y neurotransmisores al torrente sanguíneo dirigidos a activar el organismo para la respuesta.

Cuando esa preparación se utiliza la respuesta de ansiedad resulta útil y adecuada, pero cuando no lo hacemos porque la situación no es una amenaza real (aunque sí percibida) la energía que se supone hemos de descargar, se acumula en el organismo generando síntomas psicofisiológicos muy molestos. Es decir, tener ansiedad es natural. No lo es tenerla en situaciones que objetivamente no suponen un peligro porque esto es lo que la convierte en un problema.

La ansiedad es el trastorno más frecuente en todo el mundo. Según la OMS, afecta a más de 264 millones de personas. Quien sufre de trastorno de ansiedad, sabe lo mal que se puede llegar a pasar. Los síntomas a veces son tan intensos que la persona puede creer que sufre un ataque cardíaco o algún problema físico que comprometa su vida. Pero esto es solo una percepción: la ansiedad no mata y además se puede aprender a controlarla, a gestionarla.

¿Cómo hacerlo? A continuación te damos algunos tips que te pueden servir de  ayuda.

¿Qué hacer si tengo ansiedad?

Hay personas que sufren ansiedad como reacción puntual frente a situaciones que viven como amenazantes. Sin embargo, para otras es un trastorno crónico y que afecta a su día a día.

Llegados a este punto, es importante buscar ayuda profesional para aprender a manejarla ya que puede ser desencadenante y generadora de muchos problemas físicos ( colon irritable, problemas de digestión, úlceras estomacales, dolores de cabeza…) y ser la causa de tener una menor calidad de vida.

¿Qué hacer si se está pasando por esta situación?

  • Identificar los signos y síntomas de la ansiedad: lo primero que hay que hacer, es tener claro que se trata de ansiedad. La sensación continua de nerviosismo, de peligro inminente, los sudores, temblores, palpitaciones, respiración rápida, sensación de falta de aire y dificultad para concentrarse (entre muchos otros), pueden ser algunos de los signos característicos que nos indiquen que nos encontramos ante una respuesta de ansiedad.
  • Buscar ayuda: si los anteriores síntomas te resultan familiares, es importante buscar ayuda. Se puede comenzar hablando con tu médico de cabecera o un profesional de la salud mental, para así poder fijar un tratamiento que se adapte a tus necesidades. El tratamiento ideal debe incluir terapia, medicación o una combinación de ambas, según el paciente.
  • Aprender técnicas para manejar la ansiedad: en la actualidad existen varias técnicas de manejo de la ansiedad que puedes practicar en casa. Por ejemplo, técnicas de respiración, meditación, ejercicio, yoga e incluso técnicas de relajación muscular progresiva. Tu psicólogo te indicará la más adecuada.
  • Buscar el desencadenante de la ansiedad en cada caso: esto no siempre es fácil, pero es muy importante porque sólo si se sabe dónde está el origen de los problemas de ansiedad, se podrán realizar cambios en el estilo de vida que permitan manejarla de forma adecuada. En algunos casos, puede tener que ver con el descontento en el trabajo, con la autoestima, con el miedo al fracaso o el rechazo, entre otros.
  • Llevar un estilo de vida más saludable: seguir buenas prácticas de autocuidado también puede ayudar a aliviar la ansiedad y a sentirnos mejor. Por ejemplo, comer bien, dormir al menos 7 horas diarias, reducir el consumo de alcohol y cafeína, hacer ejercicio y ocupar nuestro ocio en tareas gratificantes favorecerá que se descargue la tensión, se mejore la autoestima y la autopercepción de una buena capacidad para afrontar las situaciones y se disminuya el nivel de ansiedad.

La prevención también es clave; ya que atajar la respuesta de ansiedad al inicio, antes de que la intensidad sea tan importante que sea incontrolable permite manejarla mejor.

Ahora que sabes cómo identificarla, manejarla, y que es posible superarla…¿Hablamos?

Cómo prepararse para la muerte de un ser querido

La muerte de un ser querido es un momento muy doloroso por el que tarde o
temprano vamos a pasar todos. Esta pérdida se encajará de distinta forma según
cómo se produzca el óbito (si se trata de una larga enfermedad, o si es algo repentino
e inesperado). Pero, ¿se puede estar preparado para la muerte de un ser querido?.
Podemos decir que hay formas de prepararse y afrontarlo.

¿Cómo puedo prepararme para la muerte de un ser querido?


Primero de todo, es inevitable que todos pasemos por esta experiencia en algún
momento de nuestras vidas. Pero la realidad es que existen formas de prepararse para
ello y de poder afrontarlo de una forma más efectiva y adaptativa. ¿Cómo hacerlo?

Aceptar la realidad: lo primero que se debe hacer para prepararse para el
fallecimiento de una persona, es aceptar la realidad. Cuanto más tiempo se
tarde en aceptarlo, más intenso será el dolor y más prolongado en el tiempo
Así, por ej. ante un diagnóstico que compromete la esperanza de vida de
nuestro ser querido, cuanto antes lo aceptemos antes empezaremos a pasar el
proceso de duelo.
Hablar sobre la muerte con nuestro ser querido antes de que suceda: no es
lo mismo cuando se trata de una persona que está enferma y que tiene un mal
diagnóstico, que cuando es una muerte completamente inesperada. En el
primer caso, se pasan fases del duelo en vida ( duelo anticipado) que muchas
veces no se sabe cómo gestionar. En la mayoría de las ocasiones se instala lo
que llamamos “la conspiración del silencio” donde el enfermo no habla
abiertamente por temor a hacer daño a sus allegados y estos tampoco lo hacen
por la misma razón. Pero compartir emociones por una y otra parte es positivo
y dará a todos la posibilidad de ventilar sentimientos y “no quedar nada en el
tintero”, nada por decir. A posteriori, esta forma de abordar la situación
favorecerá que el proceso de duelo sea más fluido y menos doloroso.
Hablar con un profesional de la salud mental: durante el proceso de pérdida
de un ser querido, es totalmente normal caer en la tristeza y tener
pensamientos negativos o que no se vea “la luz al final del túnel”. Cuando los sentimientos de ansiedad y tristeza son demasiado intensos, prolongados en el
tiempo e interfieren en el desarrollo de nuestro día a día cotidiano, es
recomendable ponerse en manos de un profesional de la salud mental. Desde
nuestra formación y experiencia en el tratamiento del duelo, podemos
proporcionar herramientas y estrategias para hacer frente a la pérdida y que
se puedan procesar las emociones de una manera óptima y adaptada.
Hacer algo bonito por esa persona: a veces, organizar un encuentro para
conmemorar su memoria( por ej., una fiesta o quedada con amigos y familia,
hablando de lo especial y única que era esa persona), o hacer algo que a él/ella
le hubiera gustado (ayudar a alguna asociación, o viajar a determinado lugar…)
puede ser una forma de ayudarnos a ventilar nuestras emociones y, por tanto,
a procesar su marcha.

No es fácil estar preparado para la muerte de un ser querido, porque esta no siempre
avisa y cada caso es un mundo. No olvidarlo nos ayudaría a ser conscientes del regalo
que supone la vida y el disfrutar de las personas que tenemos a nuestro alrededor.
Vivir cada día como si fuera el último nos permitiría hacerlo más intensamente pero,
seamos sinceros, ¿quien lo hace?. En realidad, vivimos como si la vida fuera a ser
para siempre y esas personas que nos importan fueran a estar junto a nosotros
indefinidamente porque no podemos tener presente de forma continua la muerte.
Pero sí debemos ser más conscientes de que llegará y, en la medida de lo posible,
prepararnos para las despedidas. Si quieres saber cómo hacerlo…¿Hablamos?

Fases del duelo y cómo superarlo

El duelo es un proceso en el que pasamos por distintas fases que no siempre aparecen de forma ordenada y que pueden solaparse entre ellas. Conocer cuales son ayudará a entender lo que le pasa a alguien que está pasando por un duelo y en consecuencia, a ayudarle de forma más adecuada.

Es un proceso natural por el que pasamos todos en un momento u otro de nuestra vida, por lo tanto, estamos preparados para superarlo. Pero no siempre resulta sencillo y puede ocurrir que el proceso se complique y el sufrimiento y coste emocional sea más intenso y/o más prolongado de lo habitual. En este caso, recuerda que no estás solo y que hay profesionales que pueden ayudarte a transitar de forma más adecuada por tu duelo; porque aunque el tiempo ayuda a cicatrizar las heridas no siempre es suficiente para curarlas.

Cuáles son las fases del duelo

Las fases del duelo son una serie de etapas emocionales por las que pasa una persona tras una pérdida. Esta puede ser la pérdida de un ser querido, un divorcio, un trabajo o un cambio importante en su vida. 

Si bien es cierto que no todas las personas experimentan todas las fases y el orden puede variar. En cualquier caso, desde la Psicología se han identificado 5 fases (Modelo de Kubler-Ross):

  • Negación: la primera fase es la de la negación. Sucede cuando la persona que recibe la trágica noticia se niega a aceptar la realidad y puede sentir shock o incredulidad. Por ejemplo, no reaccionar ante el fallecimiento de un ser querido o no querer aceptar que la pareja ha pedido el divorcio.
  • Ira: la siguiente reacción natural de las personas, es la de la ira. Se traduce en forma de rabia, culpa, frustración, enfado, etc. En esta etapa del duelo también se tiende a culpar a otra persona (incluso al fallecido: “no ha luchado lo suficiente y me ha dejado solo…”). 
  • Negociación: esta fase del duelo no la experimentan todas las personas, pero puede suceder. En ella, la persona intenta negociar con Dios, el Destino u otra entidad para que la pérdida no se produzca (“si se cura, dejaré de fumar…”). 
  • Depresión: es la  fase más conocida y evidente del duelo. Es completamente normal sentir pena, tristeza, soledad… El problema es que puede desencadenar en una depresión de mayor o menor gravedad según el caso y la persona. Por eso es importante hablarlo y tratar de salir, si no se puede solo o con la ayuda del entorno, con ayuda profesional. 
  • Aceptación: el duelo empieza a darse por cerrado con esta etapa. La realidad es tozuda y no queda más remedio que aceptarla y seguir viviendo. La persona afectada encuentra la forma de seguir adelante y comenzar a reconstruir su vida sin la persona que falleció (o que perdió de otra forma). 

¿Cómo superarlo?

Es importante ser consciente de nuestras reacciones emocionales. Aceptarlas y entenderlas; y a ser posible, compartirlas. El apoyo del entorno es fundamental pero no siempre está disponible y/o preparado para ayudar adecuadamente. Por eso, recurrir a ayuda profesional es la mejor opción para afrontar lo ocurrido y superarlo de forma óptima de modo que no se convierta en un duelo enquistado que arrastremos a lo largo de nuestra vida. El psicólogo tiene los conocimientos y herramientas necesarias para acompañarte en el proceso de duelo manejando adecuadamente cada etapa en que te encuentres. Podrás expresar tus emociones y sentirte entendido alejando el sentimiento de soledad que nos acompaña cuando pensamos que nadie es capaz de comprender lo que nos pasa.

Aunque es un proceso natural, por distintas circunstancias, no todas las personas consiguen superar el duelo por sí mismas. Pero perpetuar el dolor no es la mejor opción ni para tí ni para quienes te quieren y te necesitan. 

¿Te ha quedado alguna duda? Recuerda que hablarlo siempre ayuda.

Cómo ayudar a alguien que tiene pensamientos suicidas

El suicidio es una de las principales causas de muerte en España. Es un problema grave que todavía tenemos pendiente atajar y por el cual se puede hacer mucho, dado que afecta a muchas personas y familias cada año. Pero, ¿realmente se puede ayudar a una persona que tiene pensamientos suicidas?

¿Se puede ayudar a una persona con pensamientos suicidas?

Si sabes que un ser querido experimenta algún tipo de pensamiento suicida, no mires hacia otro lado, porque seguro que hay algo que puedes hacer. 

En principio, a veces puede resultar muy difícil saber si una persona está en esta situación. Aunque lo más complejo puede ser saber que hacer, porque no es fácil. 

La forma adecuada de actuar no siempre es la misma porque depende de la persona implicada. En general, esto es lo que puedes hacer: 

  • Escucha: lo primero que puedes hacer para ayudar a un ser querido que está pasando por un mal momento y que planea poner fin a su vida, es adoptar el rol de buen oyente y asegurarse de que la persona se sienta escuchada y comprendida. Para ello, deja que la persona hable abiertamente sobre sus sentimientos y escucha con atención. Solo con este gesto, lo estarás ayudando más de lo que imaginas. 
  • Hazle preguntas y no juzgues: una vez en la conversación, trata de hacerle preguntas pero sin juzgarlo en ningún momento, para que se sienta tranquilo, relajado y responda. Puedes ayudarle muchísimo.
  • Jamás minimices cómo se siente o le digas que se debe sentir mejor: uno de los errores que cometen muchas personas por falta de empatía, es decirle simplemente que debería estar mejor por cualquier razón o minimizar cómo se siente. No todas las personas son iguales, por lo que no debes hacerlo bajo ningún concepto. No lo ayudaría en nada. 
  • Recomienda la búsqueda de ayuda profesional: si todavía no lo ha hecho, puedes mostrarle tu apoyo para que dé el paso de buscar ayuda profesional. Incluso le puedes pedir tú la cita y acompañarlo, si así lo desea, para que se sienta mejor.
  • Si algo no va bien, considera llamar a los servicios de emergencia: en cualquier momento, puedes tener que tomar esta decisión si sientes que la vida de esa persona puede correr verdadero peligro. 

Escuchar y mostrar apoyo a una persona que está pasando por un momento muy delicado y tiene pensamientos suicidas, es lo mejor que puedes hacer por ella. Esperamos que estos consejos te sean de ayuda para gestionarlo.

Aprendiendo de nosotros mismos

Aprendiendo de nosotros mismos

Hacia mucho que no tenía tiempo de escribir artículos en mi blog. Siempre iba “a la carrera” con sesiones con pacientes, compras, casa, etc., y nunca veía el momento de parar. Hacía mucho que no me escuchaba a mi misma. Y mira tu por donde, ha llegado un microscópico ser para pararlo todo y a todos. Vamos a ir aprendiendo de nosotros mismos con MSG psicólogos en Valladolid.

Nunca pensamos que nos arrinconaría hasta obligarnos a permanecer en nuestras casas. Y durante los primeros días, muchos fueron los que se tomaron esto a broma y seguían saliendo a diario a por la barra de pan que era la excusa perfecta para salir, para estar en la calle aunque fuera un momento haciendo cola.

Pero han ido pasando los días y la gran mayoría se han dado cuenta de que es algo serio y que jugar al “despiste” no les va a proteger del contagio. Y poco a poco, las calles han ido quedando desiertas.

Cada uno de nosotros hemos vivido estos días de diferentes maneras pero, en general, como en una montaña rusa: días en los que nos levantábamos con energía y positivismo, días en los que nos podía la angustia y esos otros que pasaban sin pena ni gloria y lo que esperábamos de ellos es que acabaran cuanto antes. Pero después de todo, nos hemos acostumbrado a este nuevo ritmo. Y pasados los primeros días de limpiezas febriles, elaboración de pan, tartas y bizcochos, hemos llegado al punto de ser capaces de hacer poco o nada que no sea estar con nosotros mismos.

Si algo bueno podemos sacar de este confinamiento es la recuperación del silencio. Del físico y de ese otro que nos permite escuchar nuestros propios pensamientos con calma, mirándolos frente a frente y haciendo de ello una relación íntima que nadie más distorsiona.

Hemos acabado saturados de ver gente cocinando o en pijama en las redes sociales. Los adeptos al postureo se han quedado sin munición con la que llenar sus muros en redes sociales. Ya no se puede viajar, salir a cenar, o tomar unas cañas con los amigos. Y colgar fotos de lo bien que nos lo pasamos en la piscina de nuestro chalet, no queda bien, no tiene buena prensa. Sobre todo pensando en la cantidad de gente que está hacinada en casas diminutas y con pocas “comodidades”. Así que, si ya no pueden exhibir su extraordinaria vida (real o ficticia, eso es otro tema).

También hemos acabado cansados de conciertos online, teatros online y espectáculos online. Nos hemos visto la mayoría de series y películas que teníamos pendientes y hemos liquidado varios libros que nos apetecía leer.

La gran mayoría estamos reconcentrados en nosotros mismos y ¡oh, sorpresa!… no estamos tan mal.

Personalmente, echo de menos salir a la calle a pasear, a comprar sin tener que ir con el propio EPI sofocante. Pero cuando lo hago debo confesar que siento algo parecido al miedo. Miedo al posible contagio, a no haberme protegido suficientemente, a tocarme la cara instintivamente. Y solo recobro la tranquilidad cuando vuelvo a casa, me lavo y desinfecto bolsas, zapatos, etc. En ese momento pienso que quizá el salir al exterior esté sobrevalorado.

Por eso me planteo cómo vamos a vivir la vuelta paulatina a la normalidad. Creo que a la gran mayoría nos asalta esa sensación a sentirnos vulnerables en un entorno que no está tan controlado como nuestra casa. Y eso va a hacer que las salidas sean solo las estrictamente necesarias y buscando el máximo distanciamiento social. Nos va a costar encontrarnos con alguien si evaluar si está demasiado cerca, si tose o estornuda “a escape libre”, o si ha tocado ese bolígrafo que pensábamos utilizar… y no digamos aglomerarnos en los grandes almacenes o en bares de copas.

Quizá se produzcan cambios en nuestra manera de interactuar, al menos al principio, y probablemente nos sentiremos extraños cuando de nuevo tengamos que retomar el ritmo trepidante que llevábamos antes de éste “parón” o… quizá no. Quizá nuestro sistema de valores cambie y nos demos cuenta de que lo importante es lo que tenemos dentro, cómo nos sentimos y lo que necesitamos de verdad, porque a la postre, que los demás se enteren de donde estoy cenando hoy ni con quien, ni les va ni les viene.

Quizá cambie nuestro sistema de prioridades. Porque, después de todo ¿qué es lo qué más hemos echado en falta en estos días?: el abrazo de tu padre, el beso de tu madre, poder decir adiós al abuelo que murió o llevarte bien con tu pareja. Pocos nos hemos preocupado de renovar el armario en primavera o de buscar lo último en maquillaje.

Quizá nos hayamos dado cuenta de que aquellas cosas que hasta ahora eran más denostadas (el arte, la música, la repostería, la limpieza, etc.) son las que nos han salvado en estos días y se han hecho imprescindibles.

Quizá empecemos a pensar que hay muchas cosas que cambiar.

O quizá no lo pensemos.

Y esto es lo que realmente da más miedo.

Cuando el optimismo no es suficiente

Fotografía de Pablo Raéz fallecido a causa del cáncer a los 20 años

Un joven de 20 años ha muerto a consecuencia de la leucemia que sufría hacía 2 o 3 años. Su caso no es especial. Hay muchos como él. Lo que lo hace especial es que ha retransmitido todo el proceso de su enfermedad a través de las redes sociales y ha utilizado ésta plataforma y la de los medios de comunicación para pedir que los que no estamos enfermos hagamos algo por los que sí lo están, donando médula. Desde su muerte los medios nos bombardean con titulares y expresiones como “un gran luchador”, “fuerte”, “positivo”, “le ha vencido la enfermedad”, etc. Y es que, a veces, el optimismo no es suficiente y hay que afrontarlo.

Uno de los programas que están en marcha en nuestra consulta es un programa específico para enfermos de cáncer y sus familias.

El cáncer es cada vez más frecuente. 1 de cada 3 hombres y 1 de cada 4 mujeres lo sufrirán a lo largo de su vida. Las necesidades de investigación sobre el tema son evidentes tanto por el nº de personas afectadas de una u otra manera (en el cáncer no solo el enfermo es el afectado, la familia y allegados también lo sufren ), como por el sufrimiento físico y psicológico que acompaña a lo largo de todo el proceso al paciente. Y como consideramos que la familia se encuentra tan pérdida, desorientada y angustiada a veces incluso más que el propio enfermo

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