¿Síndrome postnavideño?…¿otro más?

Y ahora empezarán a hablar del síndrome postnavideño, de ese que deja el ánimo apagado y el bolsillo “bailando”.

Después de tanta euforia, alegría y desenfreno gastronómico, alcohólico y consumista, llega el lunes y con él la vuelta a la rutina, a la normalidad y,  para los que tienen suerte, al trabajo.

Es lógico que, después de unos días en los que ha prevalecido la celebración y para muchos la euforia, volver a la normalidad suponga un frenazo a ese estado de ánimo. Pero de ahí a considerarlo un síndrome, va un mundo. En esta sociedad actual tan amiga de etiquetarlo todo, como si con ello consiguiéramos un orden y un control imposibles, poner nombre a cada cosa es fundamental. El problema es que es: 1º irreal, y 2º ineficaz.

  • Irreal porque hemos de ser conscientes de que las distintas situaciones de la vida están ahí para todos y no todos (afortunadamente) las vivimos igual. Por tanto considerar la existencia de un síndrome vinculado a un momento concreto no es correcto, más bien hemos de hablar de personas con determinadas características que desencadenan síntomas en determinados momentos
  • Ineficaz porque de poco sirve poner nombrecitos a cosas tan variadas que no se pueden, por tanto, tratar igual.

Del mismo modo que no existe una depresión navideña, sino una tendencia personal que se manifiesta con determinados estímulos – en este caso las fiestas de Navidad – , tampoco se da una depresión postnavideña, sino una serie de circunstancias que en determinadas personas se disparan con la vuelta a la rutina.

Si dejamos de plantearnos las cosas como cajones estancos con una etiqueta y empezamos a considerarlos procesos que aparecen (o no) ante determinadas situaciones, nos será más sencillo afrontarlos con éxito.

Esto es fácil de entender con un ejemplo. Supongamos que usted tiene un sobrepeso importante al que debe “plantar cara”. ¿Como cree que tendrá más éxito?: considerando que es obeso como una característica personal, o pensando que el peso fluctúa dependiendo de nuestros comportamientos (comer más o menos, hacer deporte, etc.) porque es un estado más o menos transitorio. Desde la primera consideración hay poco que hacer: usted es gordo y lo será siempre porque es una característica personal. Desde la segunda usted puede hacer algo por cambiar su “estado” (que como tal no es inamovible) y eso le ofrece la posibilidad de controlar lo que le ocurre.

Lo mismo sucede con nuestros estados de ánimo. Si consideramos que somos “depresivos” y que las Navidades o la vuelta al trabajo nos “hundirán en la miseria”, damos a las circunstancias el control de nuestra vida. Sin embargo, considerar que podemos decidir y controlar como queremos vivir cada situación nos otorga poder y capacidad para afrontarlas de forma satisfactoria.

Si antes de la vuelta al trabajo/rutina vamos de forma premonitoria diciéndonos que “es horrible volver a la vida normal, que la vuelta al trabajo va a ser durísima, que ya veras que mes voy a pasar, etc.”…con toda seguridad esas profecías se autocumplirán. Sin embargo, si nuestra actitud es positiva y pensamos en “lo afortunado que soy de tener un trabajo al que volver”, de que “la rutina me va a permitir controlar la alimentación y el peso”, que “no está tan mal volver a la oficina y tomar un café con los compañeros”, etc…volveremos a la vida normal con una mejor capacidad de afrontarla con éxito.

Fijémonos en los niños, en su capacidad para adaptarse a los cambios y motivarse por cada nueva actividad. Disfrutemos de cada momento y extraigamos lo mejor de cada uno independientemente de cual sea. Y sobre todo abandonemos las etiquetas y encasillamientos que pueden servir para los objetos inanimados pero no para los seres humanos que estamos en constante proceso de cambio.

Un estado es variable, una esencia, el ser…no tiene vuelta de hoja.

 

Autor: Montserrat Sanz García