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El «brillo» de las urnas

El «brillo» de las urnas

Cada cuatro años observamos en nuestros políticos una transformación que raya la metamorfosis. Individuos que en su día a día eluden el contacto con los ciudadanos a quienes se supone que representan, mirándoles de soslayo y desde una supuesta atalaya de superioridad, se “avienen” de pronto al contacto físico con estos y simulan una afabilidad y el más profundo interés por los problemas que les acucian, como si realmente el único objetivo de su vida fuera solucionarlos.
Y esto que es algo de lo que nos percatamos todos y que verbalizamos en cada conversación, parece que se olvida a la hora de elegir a quien agraciar con nuestro voto.
Y digo agraciar, porque hoy en día conseguir un cargo político es algo así como que te toque la lotería. Por eso se entiende que aquellos “agraciados” hagan lo indecible para que les “toque” como mínimo otros cuatro años más.
Y digo que parece que nos olvidamos de que hay mucho de manipulación y muy poco de verdad, porque cuando votamos depositamos nuestras esperanzas en ese trocito de papel intentando convencernos de que aquello que nos han prometido, lo cumplirán.31
Que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, ya lo decía Winston Churchill. Pueden introducirse muchas modificaciones normativas y legales que mejoren aquellas deficiencias que a lo largo del tiempo se van observando, y casi todas ellas deben ir encaminadas a neutralizar aquello que los comportamientos de quienes utilizan el sistema contaminan. Y aquí es donde los psicólogos entramos, en el análisis y explicación de las conductas.
Psicólogos de la personalidad cómo Eysenck, Rockead o Christie, propusieron distintos modelos sobre diferentes actitudes sociopolíticas e investigaron las características de personalidad propias de aquellos que se dedican a la actividad política.


Eysenck, aparte de estudiar rasgos específicos de la personalidad según la tendencia política, vino a decir que la orientación política de un sujeto era parte de una orientación general, de tal forma que afirmar que alguien es socialista, liberal o conservador quiere decir no sólo que tiene un punto de vista político determinado sino que sus opiniones sobre un amplio número de problemas forman un patrón definido.
La aportación de Rockead se centra en diferenciar entre lo “qué” se piensa, se cree y se defiende; y el “cómo” se piensa, se cree y se defiende. Lo que explicaría el comportamiento de aquellos sujetos que defendiendo la democracia, por ej., lo hace de forma autoritaria e intolerante.
En ambos modelos el político se movería fundamentalmente en el terreno de la ideología. Pero encontramos en el modelo de Christie un nuevo aspecto, el de la personalidad maquiavélica una de cuyas características fundamentales es que tienen un bajo compromiso ideológico, interesándose más son por las tácticas coyunturales que le permitan alcanzar sus metas que por unas estrategias políticas más o menos inflexibles.
A estas alturas, ya habréis identificado al menos a cuatro o cinco personas de nuestro panorama político en cada una de las clasificaciones, aunque a decir verdad y para nuestra desgracia, cada vez son más los que se incluyen en el último grupo. Es decir, cada vez son más los que se mueven por sus intereses sin importarles las estrategias que tengan que utilizar para conseguirlos.
Y así nos encontramos que desde la “orilla” del político en ejercicio que ya ha probado las “mieles” del poder y del reconocimiento social, ante el proceso electoral pone en marcha todas sus estrategias de seducción, adoptando una capacidad camaleónica para decir a cada uno lo que quiere oír y adaptar la realidad a cada uno de sus interlocutores.camaleon_7689162340 Es consciente de que se juega todo en un día en las urnas, y conocedor de lo que puede perder, su motivación es la más alta de todas. Desea a toda costa mantener el status conseguido y para ello pasará por todo y utilizará todo (guerra sucia…)
En otro punto, está aquel que quiere llegar. Todavía no pertenece a ese mundo con pleno derecho, pero está convencido de que alcanzarlo es la mejor de las opciones. Mira su brillo desde lejos y se deslumbra por él, y se pregunta ¿porque yo no puedo estar ahí?.
Todavía se encuentra cerca de los ciudadanos, hace su misma vida y percibe sus problemas e inquietudes. En éste sentido juega con ventaja, porque sabe muy bien qué decir, qué proponer y qué prometer para mover el ánimo de la gente. Aún puede que le pesen más sus constructos ideológicos, y tenga ciertos límites en cuanto a lo que está dispuesto a hacer para llegar a la esfera del poder, no obstante eso (llegar al poder) es su objetivo más importante.
Y en la otra “orilla”...el resto, los ciudadanos, los votantes. Personas que se sienten ajenas al poder pero que quieren creer que pueden determinar quien llega a él y por lo tanto “exigirles” que trabajen por y para servirles. Su parte racional les dice que eso es solo algo ilusorio, pero su parte emocional quiere creerlo, necesita creerlo para no sentirse marionetas de un sistema imperfecto que permite que se les manipule, se les ningunee y se les extorsione de una forma más o menos explícita. Y por eso ponen su esperanza en un trozo de papel que les otorga al menos, la ilusión de un poder difuso cada cuatro años, un poder que les vuelve visibles, importantes y valorados por aquellos que una vez conseguido su objetivo volverán a abandonarles en el ostracismo y la indiferencia.

El «brillo» de las urnas ejerce para todos un efecto común: el de la ilusión y la fantasía.

Autor: Montserrat Sanz García

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